Locus literario / Poesía del lugar

El espíritu del lugar 

En los años que estudiaba arquitectura, en el ramo de taller nos tocó analizar un sin fin de lugares para diseñar nuestros proyectos. La tarea de un arquitecto al momento de realizar una determinada obra, es primero entender el lugar donde se situará dicha obra. Para eso hay que estudiar hasta el más mínimo detalle como la geografía, el paisaje, el clima, el entorno, las vistas, la gente que vive a su alrededor y todos los factores que influyen en el ambiente donde la obra se emplazará.

Cada lugar tiene su espíritu propio y es labor del arquitecto ser capaz de entender ese espíritu de la mejor forma posible, para plasmarlo luego en la obra y que esta dialogue con su entorno.
Los años han pasado y aún sigo recordando todos los detalles de los sitios que durante la carrera, tuve que analizar. He tomado algunos de ellos con el afán de construir micro relatos, basados en estos espacios tan particulares, paisajes, barrios o montañas donde se irá configurando no una obra arquitectónica, sino que una obra literaria.

Todas las ilustraciones son cuadros de la artista Victoria Vidal.

 

 

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Cerro Blanco

En el lado norte de la ciudad de Santiago, entre casas de baja altura, calles desoladas y un sol que cae sobre el cemento como un pájaro que se lanza al vacío, se encuentra un leve promontorio de tierra y roca firme, llenas de historia, maleza y sangre indígena.

Lo llamaron Cerro Blanco y al igual que su nombre, pareciera ser una hoja en blanco, una curva rebelde que va ascendiendo sobre el horizonte que rompe con toda cotidianidad, con todo el formalismo geográfico de la comuna de Recoleta.

Está en una zona de silencio, un lugar donde se juntan los últimos suspiros, las almas y las flores moribundas. Es el barrio de la Chimba, o la otra orilla del río, río que divide una ciudad socialmente y geográficamente partida en dos, luego en tres y en cuatro… hasta desintegrarse.

En el sector de la Chimba, en los principios del siglo XX se fue instalando todo lo que la ciudad no quería ver, los programas que todo centro urbano necesita, pero que nadie desea estén cerca suyo. El hospital psiquiátrico, el mercado de frutas y verduras y dos cementerios que se ubican a pies del cerro. . Al final de la Av. Recoleta, casi cayéndose del plano urbano, están los árboles que dan sombra a los muertos, son los árboles del cementerio General y el cementerio Católico, ambos separados por el eje de la Av. Recoleta que empieza en el río Mapocho y que muere unas calles mas allá de los cementerios.

El cementerio General es un gran parque, donde en el principio se ven los mausoleos de las familias aristócratas de un Santiago que reposa bajo siete llaves y donde se deja ver los apellidos vascos o en su mayoría extranjeros, de una aristocracia que pareciera no perder las diferencias sociales inclusive estando muertas, como si el mármol y el oro resguardara de una manera mas límpida, los huesos de tan acaudaladas familias.

Neruda llamaba mausoleo a su casa de Paris, donde la embajada de Chile tenía residencia, es que no hay nada mas frio, sin vida y sombrío que un mausoleo, al poco tiempo lo abandonó y se fue a vivir cerca de la naturaleza en las cercanías de Normandía, lugar que le recordaba su infancia en el sur de Chile.

Luego de pasar por todas estas mansiones lúgubres de muertos aristócratas se deja ver la realidad de un Santiago de clase media, realidad que se instala como un gran muro de color blanco, algunos incluso sin color, nichos que mas bien parecen blogs de edificios modernos, donde según el precio o el cariño a los difuntos, se encuentran mas arriba, mas abajo, mas adentro, mas afuera.

Los nichos de los pobres ni hablar, porque no existen, no tienen casas ni cuando viven, mucho menos cuando mueren, para ellos está concedida la fosa común. De alguna manera la vida o la muerte parecieran ejercer un equilibrio divino, ya que los mausoleos brillan por la ausencia de familiares o cercanos, como si esas estructuras pomposas hubiesen alejado a los que antes se mostraban mas cercanos que nadie, buitres y aves carroñeras de diferentes especies ya no sobre vuelan encima de estos restos, porque su carne fue completamente devorada por los buitres humanos.

Mientras que en los blogs de la clase media, están siempre rondando uno que otro ser, mas inerte y mas sin vida que los mismos huesos carcomidos de sus seres queridos, pero que continúan rondando a sus muertos para que alguien después los visiten a ellos.

Esa diferencia social, ese verdadero bosque de almas se contrapone con el cementerio Católico, donde los que están enterrados supuestamente fueron nobles hombres, que siguieron la palabra del Señor, y que optaron siempre por el beneficio del prójimo antes del propio y ahora en recompensa de una vida ejemplar, sus huesos están perdidos entre estatuas horribles, sombras lúgubres formadas por pasillos irregulares, donde más que un cementerio pareciera ser el monasterio donde se van los curas pedófilos, los sacerdotes esquizofrénicos o los que no fueron capaces de guardar “ciertos secretos”.

En medio de ese silencioso paisaje, se levanta en una especie de tímido gesto humano, una capa de tierra árida, que se mezcla con rocas con olor a muerto y piedras con olor a vivo. Es el tímido cerro Blanco que mira desde su leve pero pretensiosa altura al lugar más pacífico de la ciudad, el único lugar en Santiago donde cualquier humano puede transitar libremente sin preocuparse de que alguien le haga daño, porque ahí descansan los que ya hicieron bastante daño y ahora ya nada pueden hacer, más que mirar un paisaje desolado y fúnebre mas fúnebre que sus mismos funerales.

El Cerro Blanco no tiene el honor de ser el lugar donde se fundó la ciudad de Santiago, no tiene un observatorio astronómico, no tiene un jardín zoológico, un jardín japonés ni ruinas incas ni mucho menos piscinas ni parques ni nada de nada. En cambio tiene algo mas simbólico, más espiritual y mas significativo para nuestra ciudad que todos los cerros de Chile.

Camino a su cumbre, se encuentra uno de los principales centros ceremoniales indígenas de la ciudad, un lugar de culto, donde se reúnen cada cierto tiempo, las familias descendientes de los picunches, para conmemorar a sus antepasados, que parecieran estar mas vivos que los mismos vivientes, con mas fuerza que el viento y mas pureza que el aire de la costa, y que después de años de lucha, ganaron estar en un puesto mas elevado que el resto, lograron perpetuar sus almas en un lugar sagrado, donde nadie profanará su recuerdo, donde nadie les seguirá haciendo mas daño.

En las rocas dejaron impregnadas su huella imborrable a través del tiempo, en las piedras tacita, vestigio del tiempo en que molían las semillas de peumo en las rocas.
Ahí desde lo alto, miran esas insignes almas, la ciudad que les dio la espalda, la ciudad que los abandonó y que no supo agradecer su lucha, pero que la geografía, la tierra y ese pequeño promontorio elevado en el horizonte supieron componer un espacio sagrado, elevado y alejado del bullicio urbano, las flores amargas color a muerte y las lágrimas llenas de smog de una sociedad hipócrita.

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Cinco grietas descienden de la tumba hacia el mar

En los cerros de una de las ciudades más hermosas de Chile, una ciudad que se funde entre bosques plagados de poesía, donde el Pacífico se adormece para acariciar las arenas del olvido y donde el aire logró encontrar la paz que tanto anhelaba, se encuentra la tumba del poeta.
Ahí en lo alto de uno de sus cerros, descansa la tumba de un valiente chileno, un chileno que renegó de su estirpe, de su apellido, de su familia, de su herencia y que atravesó el Atlántico en búsqueda de una vida dedicada a la poesía.

Recuerdo el camino hacia la tumba, mejor que recuerdo el camino hacia mi casa, es un camino en ascenso, que pasa por curvas plagadas de verde, por casas patronales que se confunden con casas de campesinos, y donde reposan los fantasmas de caballos que algún día por esos caminos relincharon y que ahora duermen debajo de las piedras, esperando despertar un día y cabalgar hacia la eternidad.
Casi al final del trayecto, el camino hace un quiebre repentino, como si fuese obligación detenerse a observar una casa de madera y cemento, una casa que cobijó al más grande creador de Chile, la casa de un verdadero vanguardista, de un verdadero poeta, la casa de Vicente Huidobro.

Desde la ventana de su dormitorio en las Cruces, lo mira de reojo el antipoeta todas las mañanas al despertar, lo observa a la lejanía, el olimpo del que Nicanor Parra tanto deseó que bajase, ahora lo mira cada mañana para recordarle que él solo fue capaz de construir su propio olimpo y que de ahí nadie se atreverá a sacarlo.
Justo detrás de la casa de Altazor, hay un pequeño bosque, con árboles geométricamente emplazados en una trama natural, que se yerguen sobre el terreno seco, terreno que a su vez está partido por cinco profundas grietas que descienden desde la cima de aquel cerro. Son las grietas que reclaman el respeto que nunca le fue concedido al poeta, unas grietas que parecen ser la última garra de Altazor descendiendo desde los cielos, para aterrizar con su paraicadas a una tierra baldía, un paisaje bucólico lleno de escamas, repleto de horizontes cuadrados y cadenas que dejaron de sonar hace más de un siglo.
Sobre el bosque agrietado se encuentra un lugar que debiera ser sagrado, pero que el tiempo lo pulverizó, la ignorancia, el descuido y la falta de respeto de una sociedad que no sabe agradecer a sus poetas.
Pero el descuido y la desolación humana, no ensucian el nombre del hombre que ahí yace de pie, en el único punto donde se puede observar el mar, más claro que nunca, más desolado que siempre.

Es que Altazor descendió solo y solo llegó a tierra firme, fue un viaje universal que traspasó las fronteras de todas las dimensiones, para situarse en el lugar más calmo, más lejano y más solitario de todo Cartagena, el lugar donde reposan los restos de Vicente Huidobro, el hombre que creara la primera vanguardia latinoamericana, el hombre que desafió a los poetas de todos los tiempos, el hombre que le devolvió a la poesía el significado puro de creación.
Su casa por obra del destino o por obra del demonio, aún no es museo, una fuerza sobrenatural pareciera desear que nadie profane el lugar sacro, donde el poeta luego de vivir una vida intelectualmente activa y llena de logros en el lejano continente, descanse como él deseaba, sin que nadie lo perturbara.

En los alrededores de la casa, las señoras hablan de mil y una leyendas que se tejen alrededor de la figura de tan importante poeta, algunas hablan de jinetes negros que cabalgan por las noches, gemidos que se escuchan dentro del bosque o llantos que nadie sabe de donde provienen. Quizás es el demonio que quiere llevarse al poeta a sus tierras, para que este le muestre la verdadera poesía, o tal vez es Dios que desea llevarlo al cielo, para enrostrale que él es el único y gran creador, quizás es Reverdy que lo viene a buscar para reclamarle la autoría del creacionismo, tal vez es Apollinaire que viene a reclamarle la autoría de los caligramas o bien puede ser Breton para vengarse de años de basureo a su tan preciado surrealismo. O tal vez es Altazor disfrazado de noche, que viene a reclamar los huesos de su creador, para llevarlos a un lugar donde la gente aprecie su obra.

“Abrid la tumba

en el fondo se ve el mar”

Texto escrito en la tumba del poeta.

 

 

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Una verdadera oda a la arquitectura.

Si la poesía se materializara no se convertiría ni en el Partenón, ni en el panteón, ni en la torre Eiffel ni mucho menos en un castillo, se convertiría en la Ciudad abierta de Amereida.
A unos kilómetros de la ciudad de Valparaíso, cercano a las playas de Con con, se encuentra el balneario de Ritoque, una pequeña localidad que alberga a una de las maravillas arquitectónicas de Chile y América.

Una comunidad de arquitectos de la Universidad Católica de Valparaíso, diseñó en los años 70, un paisaje lunar, entre dunas de sal y arena que miran hacia el mar como quien mira a su abuelo, minutos antes de morir, con ternura.
Entre estas dunas se encuentran las casas de algunos arquitectos poetas, que cambiaron las letras por ladrillos, las máquinas por las manos y convirtieron sus sueños poéticos en sueños arquitectónicos.

Cuando visité el lugar por primera vez no creía lo que mis ojos veían, era como estar en la ciudad de Luke Skywalker, esperando que por algún lugar salieran a recibirme los tíos de Luke o el pequeño R2D2, para hacerme una bienvenida en un lenguaje de silbidos y transistores. Pero no salió nadie a recibirme, nadie humano podía habitar en esas casas,
y si vivía estaría en el fondo del mar, recostado sobre alguna nube o simplemente durmiendo dentro de su sofisticado y a la vez artesanal hogar.

Entre las casas se observan extrañas esculturas arquitectónicas, pensadas desde y para el deleite del observador, un mirador de infinitos pilares de bambú, que pareciera nacer
desde la misma arena, y que tiene su escalera cortada en el principio, el recorrido vertical está interrumpido para que solo las almas transparentes puedan acceder a él.
Sobre su torre de naipes se observa un mar violento, color alga marina profunda, la brisa desde lo alto se percibe pura y cristalina, tan pura que su paso fue bloqueado para evitar la muerte por asfixia, ya que no hay pulmones que aguanten inhalar aire tan puro y sentir brisa tan fresca.

Desde las aguas del mar, nacen las olas, luego viene la arena blanca que hace rebotar
los rayos más felices que nunca hacia este palacio de fantasía construido con manos de poetas, luego vienen unas casas barco, casas de papel, casas de algodón, casas de naves espaciales, luego la arena asciende para abrir paso en lo alto un cementerio muy peculiar, un cementerio donde el ladrillo experimenta su mayor expresión, donde la arquitectura se funde con el lugar, el cielo se funde con el ladrillo y la arcilla de cada ladrillo se funde con cada grano de arena.
Un cementerio que mas bien parece las ruinas de Pompeya, un cementerio que parece desafiar a la muerte, desafiar a la vida, desafiarse a él mismo.

Nunca olvidaré esa tarde, dome me di cuenta que si se podían hacer cosas de verdad originales, donde cambié la arquitectura hecha de imagines y fotografías por arquitectura hecha de realidad, una realidad poética que pocos han llegado a tocar, a diseñar a palpar.
No hay palabras que puedan estar al nivel de estas construcciones, ni planos que puedan mostrar fielmente sus diseños, es que no es una arquitectura hermosa, platónica, romántica, lúdica, pomposa, estrafalaria yartesanal sino que todo eso fusionado, pasado por la licuadora, estrujado, deconstruido para luego ir montando uno por uno los elementos constructivos.

Hace muchos años escribí un cuento sobre este lugar, se trataba de la construcción de un psiquiátrico para artistas que se habían vuelto locos, por diferentes motivos y que llegaban a ese lugar no para sanarse, sino que para volverse aún mas locos y llegar a un grado de locura máximo, donde solo los artistas con rasgos esquizoides pueden llegar. El cuento que nació de la inspiración de la visita a este lugar, terminaba con un gran incendio, en donde todos estos edificios caían derrumbados en su propia belleza, en su propia locura, y los locos terminaban efectivamente mas loco de como habían llegado, pero eran unos locos felices, felices como fui yo al conocer semejante espécimen de arquitectura, semejante mutación del diseño y de la poesía.

Rodrigo Ertti

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