Phoenix / Giuseppe Paganini

 

Lo recuerdo bien, quizás demasiado. Estaba en Providencia caminando hacia donde trabajaba mi amiga. Amiga, pensaba, ya no me gusta esa palabra. La noche anterior había perdido la gran oportunidad de cambiar esa palabra. Pero todavía había una oportunidad. Eso creía. Eso esperaba. Eso me preguntaba.

Recuerdo la fiesta de la noche anterior, poco a poco nos habíamos ido apartando del resto. No me di ni cuenta cuando nos quedamos solos los dos, hablamos por horas. Recuerdo cuánto me gustaba ella, cuánto me complementaba. Junto a las primeras luces del alba reflejadas en los edificios de Santiago llegó el momento, ese momento que habría cambiado todo. Y dudé. Dudé como había dudado tantas veces antes y como seguí dudando después. Una vez pasado el momento ella me mira fijamente y me dice “eres un idiota” y se va, dejándome solo. Solo conmigo mismo, ese idiota. Me fui de la fiesta. Había dudado cuando no tenía que dudar, y me fui cuando no tenía que irme. Me pasa siempre lo mismo.

Al día siguiente pensé que todavía podía remediar la situación y fui a buscarla a la salida del trabajo. No le avisé, probablemente porque no sabía qué decir al teléfono o porque en fondo intuía una respuesta negativa. Era mejor hacerlo mirándola directo a los ojos, si todavía quedaba una oportunidad.

Recuerdo cada detalle. Ella está trabajando, la veo desde la vereda de al frente. Trabaja en una librería. Faltan diez minutos para que salga. Me fijo en sus movimientos y me imagino sobre que estará hablando, y me río. Siempre me río con ella. Faltan cinco minutos. Ya no la veo, se debe haber ido a cambiar, pienso. Estoy nervioso. Tres minutos. Veo entrar a un tipo a la librería. Lo he visto antes. Dónde, trato de acordarme. Me doy cuenta de que lo había visto en la fiesta la noche antes. Me duele el estomago. Salen juntos. Se besan. Me voy.

De esta parte no me acuerdo muy bien. Camino por una calle, escapo de la verdad. Ella tenía razón, soy un idiota. Sigo caminando, pensando. Calles, calles, calles, plaza. Finalmente veo un lugar que me puede servir. El cine Las Lilas. Pregunto que película está por empezar. Una con Joaquín Phoenix, leo la trama aunque no me importa mucho. Seguro una basura. Compro la entrada. Me siento, sigo pensando en ese beso. Empieza la función. No sigo la trama pero me doy cuenta de que la película es mala. Habla de unos bomberos. Me molesta el labio leporino de Phoenix. Sigo pensando. Soy un idiota, es culpa mía. Muere alguien, un amigo o la esposa del protagonista, no lo recuerdo. Empiezo a llorar. Porqué lloro, me pregunto. No suelo llorar.

No se como termina la película, solo me acuerdo que lloré, lloré como una adolescente que ve Titanic por primera vez. Hay poca gente en la sala y me siento un poco mejor por eso. Pero sigo llorando. Empiezan los créditos finales y sigo llorando. Las pocas personas que había se paran y se van. Algunos me vieron, seguramente se preguntaban porqué lloraba si la película no era tan triste. Seguro no era tan buena. Terminan los créditos. Se enciende la luz y yo ya he dejado de llorar. Salgo del cine. Estoy más tranquilo. Me siento en una banca en la plaza y prendo un cigarro. Pienso en el beso. Ese beso era mío pero no me lo gané. Que cigarro más amargo. No lloré más. Soy un idiota.

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Ladder 49 (2004)

Director: Jay Russell

Actores: Joaquin Phoenix, John Travolta

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